
Se gane o no se gane esta Copa del Mundo,
España ya ha escrito un episodio de su historia con verdaderas
letras de oro, un capítulo maravilloso cuyo epílogo, naturalmente, debería ser
la conquista del ansiado trofeo. No se concibe otro cierre a este campeonato.
Convendría sentir ese final porque situaciones como estas no suceden ni todos
los días ni siquiera cada cuatro años. España, sus futbolistas, sus aficionados,
se enfrentan en Sudáfrica al encuentro de sus vidas. Lo que siempre se soñó, e
incluso se vio como inalcanzable, está al alcance de la mano, más cerca que
nunca, y ya sólo Holanda separa a una fantástica generación de
jugadores de conquistar la gloria eterna. Que así sea.
No son tan altos ni tan fuertes como los alemanes, ni tan pícaros como los italianos, ni regatean como los brasileños, ni tan apasionados como los argentinos, pero los españoles interpretan el fútbol de manera prodigiosa. No hay otra selección que esté en disposición de presumir de la cosmética de España, reflejada en la seguridad de Casillas en la portería, en la autoridad de Piqué en defensa, en la bravura de Sergio Ramos, en el pase largo de Xabi Alonso, en el compás de Xavi, en la delicadeza de Iniesta, en la omnipresencia de Busquets o en la definición de Villa. Ni siquiera otras selecciones cuenta con tantos artistas entre los reservas.
Ni mucho menos comparten la forma de entender el fútbol de España. El toque como bandera. Porque esta selección no ha caído en una cita de esta magnitud de casualidad, sino que ha sido fruto del convencimiento en un estilo, un modelo defendido hasta en los tiempos de borrascas, de atesorar futbolistas con registros inalcanzables para otras selecciones, incluyendo a los holandeses, cuya base está confeccionada con retales de la Liga española.
Enfrente, paradójicamente, se encuentra uno de los manantiales de España. Porque algunos de los elementos clave del modelo de España encuentran sus raíces en Holanda, en los ideales futbolísticos implantados hace bastantes cursos por Johan Cruyff en el Barcelona. Una bendita historia arrancada a mediados de los setenta, cuando la Holanda de Cruyff, Neeskens, Rep, Krol, Haan y otros tantos ilustres, se convirtió en el subcampeón más seductor de la historia de los mundiales. Perdieron, en Múnich, ante Alemania; y cuatro años después sucumbieron ante Argentina. Han sido sus únicas finales. Es su experiencia y una enseñanza para los españoles: contar con los mejores artistas no es suficiente aval de entrada en el paraíso.
Sneijder y Robben, su peligro
La lección está aprendida.
Ningún integrante de la selección aguarda un encuentro sencillo por mucho que se
haga hincapié en las abismales diferencias futbolísticas entre ambos bloques.
Porque esta Holanda, nadie se engañe, no tiene la fantasía tan característica de
la escuela holandesa, exceptuando a Sneijder. Sus pilares se sustentan en la
disciplina táctica -bien armados en defensa y clarividentes en ataque- en el
extenuante derroche físico –personificado en Kuyt y Van Bommel- y en la
velocidad de desborde de Robben, referente de la verticalidad, de la capacidad
de atacar directo, sin prolegómenos. Son armas futbolísticas, teóricamente,
escasas en comparación al repertorio de España.
Pero sin ese talento, el grupo holandés, comandado por Bert van Marwijk, está muy cohesionado y con una precisa tensión competitiva que no tenían sus antepasados en los momentos determinantes de los torneos a vida o muerte. Esta Holanda arrasó en sus ocho encuentros de clasificación (ante Noruega, Escocia, Macedonia e Islandia) y ha encadenado otras seis victorias en Sudáfrica. Desde el admirado Brasil de 1970 ninguna otra selección ha encadenado una racha semejante de triunfos. No es la mejor Holanda, pero no es un equipo cualquiera y hace tiempo que el fútbol, como a España, les espera en el trono reservado a los campeones.
Empatados en deudas pendientes, si el fútbol -suele hacerlo- premia a los más preciosistas, España debería levantar al cielo sudafricano ese trofeo brillante con el que tantas y tantas generaciones de españoles soñaron con tener entre sus manos. Y ese sueño está cerca de convertirse en realidad. Que así sea porque España está ante el partido de su vida.
Rafael Merino.


