Yo tuve el privilegio de jugar al fútbol en el Santiago Bernabéu
El verano comenzaba a asomarse, cuando el 1 de junio de 2010, en una mañana de trabajo relajado, me llega un correo electrónico a mi bandeja de entrada: "Rafael, ¿estás preparado para saltar al terreno de juego?", rezaba el encabezado de una conocida marca de apuestas (Bwin). El primer pensamiento fue instantáneo: otro correo publicitario. La curiosidad, sin embargo, me obligó a comprobar el contenido y recapacitar sobre mis pensamientos primigenios. "¿Quieres saber lo que siente un futbolista al saltar al terreno de juego?", se veía en letras grandes. Y más abajo, el anzuelo perfecto para interesarse definitivamente en dicho correo. "El próximo martes 8 de junio te invitamos a jugar un partido sobre el césped del Santiago Bernabéu". Ya había picado, no tuve más remedio que contestar al correo… y así comenzó una experiencia inolvidable.
Sí. Jugué un partido en el Santiago Bernabéu. Lo hice en compañía de un buen número de periodistas, víctimas todos ellos de un anzuelo difícilmente evitable. De haberlo rechazado, quizá jamás hubiera sentido en mis carnes que siente un futbolista en saltar al terreno de juego y mucho menos disfrutar de un partido de fútbol sobre el mismo tapete del coliseo de Chamartín. Todo ello gracias a Bwin, uno de los patrocinadores del Real Madrid, y a la cercanía de un Mundial de Sudáfrica, ese que concluyó con la entronización de España.
El 8 de junio de 2010, martes, amaneció un día espléndido. Soleado, caluroso y con un alto contenido de sentimiento. ¿A quién no le gustaría no ya pisar el césped del Bernabéu, sino jugar un partido de 90 minutos? Y no sólo eso. A medida que avanzó esa mañana, se fueron descubriendo otras muchas sorpresas, a cuál más gozosa. Se puede decir, sin temor a equivocaciones, que, entre las 11:00 y las 14:30 horas, el mundo se detuvo. Los allí presentes éramos como niños en una mañana de Reyes Magos.
Como los campeones de Europa
Con absoluta puntualidad y mejor organización, comenzamos a vivir un sueño que ninguno de nosotros olvidará mientras tenga en funcionamiento alguna neurona. El paseíllo fue de órdago: entrada a la zona previa de vestuarios, como si fuésemos el mismísimo Real Madrid, o mejor dicho el Inter de Milán porque nos cambiamos en el vestuario visitante, ese mismo donde Mourinho diseñó la estrategia que coronó a los 'neroazurro' como campeones de Europa.
Una vez dentro, y superada la impresión, nos aguardaban nuestras nuestras equipaciones, con nuestro nombre a la espalda, como un profesional de verdad. Y sus respectivos pantalones y medias. Las botas, corrían de nuestra cuenta. La vestimenta, además, era italiana: milanista y juventina. Y una vez vestidos, lógicamente, hubo que apostar sobre el Mundial de Sudáfrica. Y alguno, que los habría, sí apostó por España se acordaría de ese día casi un mes después. Yo, influido por el aroma italiano del vestuario, me incline por la Inglaterra de Capello. No hubo suerte, la flor de Capello se marchitó en África.
¡A disfrutar!
El paseíllo, una vez vestidos, continúo hacia su segunda etapa: salir de vestuarios, ordenarse como los equipos, desfilar por el túnel de vestuarios y subir esas escaleras que dan acceso al santuario madridista. El corazón a mil y las cámaras fotográficas, también. Y eso lo hicimos dos veces. Porque después de calentar en la banda, regresamos para salir a jugar como mandan los cánones: con música de Champions League. De nada importó que no hubiera gente en las gradas. Todos nos sentimos como futbolistas profesionales. Y encima con fotógrafos y cámaras de televisión levantando acta del evento (nos dieron un amplio reportaje)
Con la impresión en el cuerpo, otro breve calentamiento sobre el mismo césped, sorteo de campos y a empezar a disfrutar como niños. ¡Estábamos jugando sobre el Santiago Bernabéu! Y es un placer indescriptible. Faltarían sustantivos y adjetivos al diccionario de la Lengua Española. Correr, tocar el balón, dar un pase, pedir el cambio por falta de oxígeno, sentarse en el banquillo… y así durante unos inolvidables, y cortos, muy cortos, 90 minutos.
Artículo publicado en julio de 2010







