Miguel de la Cuadra Salcedo: «Soy un nómada o trashumante por tierra, mar y aire»

El aventurero está embarcado en una nueva edición de su Ruta Quetzal, a la que define como un "programa iniciático, ilustrado y científico, en el que se mezclan cultura y aventura".
Miguel de la Cuadra Salcedo
Miguel de la Cuadra Salcedo

Éstas son las profesiones conocidas de Miguel de la Cuadra Salcedo: periodista, perito, agrícola, botánico, diplomático, escritor, deportista olímpico, marinero en un ballenero, camionero, domador de leones, uno de los impulsores de la Real Academia de la Televisión y de las Artes o miembro activo de la Sociedad Geográfica de Londres. Un currículum tan extenso como innumerables son sus vivencias como intrépido aventurero, su verdadera y más amada profesión, como bien precisa en su autodefinición: “soy un nómada o trashumante por tierra, mar y aire”. Ahora, a sus casi 76 años, está embarcado en una nueva edición de su Ruta Quetzal.

Muchos niños querrían tener un abuelo como Miguel de la Cuadra Salcedo. Nunca se aburrirían escuchando sus historias, adquiriendo su sabiduría tras una vida entera dedicada a la aventura y porque serían unos discípulos aventajados. Serían unos niños diferentes, “porque estas generaciones actuales están muy acomodadas. Antes, éramos más inquietos, teníamos más ilusiones, ahora se confunde eso que se llama bienestar”, se lamenta De la Cuadra Salcedo (Madrid, 30 de abril de 1932). Los mayores, por supuesto, también desearían contar con este aventurero como miembro de su familia. Convivirían con una persona lista, sincero, con unos principios muy definidos y una ilusión más propia de un niño.

Sin embargo, a veces cuesta detenerse a reconocer más asiduamente los méritos contraídos durante tantos años de idas y venidas alrededor de los cinco continentes. Pero a estas alturas, estas cuestiones carecen de importancia para Miguel de la Cuadra Salcedo. Este madrileño está más preocupado en cerrar los últimos detalles de su enésimo viaje a Sudamérica, con los jóvenes seleccionados de la Ruta Quetzal, que en reclamar una posición más sobresaliente dentro de la sociedad. Aunque ha sido distinguido con grandes premios, no es broma si afirmamos que su figura y sus logros están mucho más valorados al otro lado del Atlántico.

Seguramente, en caso de poder elegirse el momento preciso del nacimiento, De la Cuadra Salcedo hubiera optado llegar al mundo en aquella época de los descubrimientos. Hubiera disfrutado, aunque verdaderamente sus sentimientos tienden a la civilización de la antigua Grecia. Siente fervor, y todos los capítulos de su vida están marcados por una notable influencia de los helenos. La razón de esta pasión se encuentra en su niñez, donde comenzó leyendo apasionadamente los clásicos de la mitología griega. Las lecturas de la Envida, La Odisea o La Ilíada fueron sus verdaderas fuentes de inspiración. “Los clásicos ya tenían establecida una filosofía del viaje: peregrinación, bélicos, deportivos…”.

Ahí comenzó su interés aventurero. Años más tarde, su herencia más preciada terminó de echar raíces: la Ruta Quetzal nació con idéntica filosofía al estilo de vida de los griegos: “todas las civilizaciones, cuando sus jóvenes se están haciendo hombres contemplan un viaje llamado viaje iniciático, a través del cual maduran y aprenden”, objetivos que busca esta aventura. “Rompen con las amarras familiares, como hicieron los discípulos de Sócrates. Descubren mundo y otras culturas”, como hizo De la Cuadra Salcedo en su adolescencia, cuando practicaba atletismo y se notaban ya esas primeras influencias griegas.

Esas lecturas impulsaron su afición por el lanzamiento de disco, pues se hizo tallar en madera uno como los utilizados en las olimpiadas antiguas, simulando a los héroes atenienses. El sueño de un niño se convirtió en una carrera deportiva, pues se proclamó varias veces campeón de España en lanzamiento de disco. Una nimiedad en relación a sus méritos como lanzador de jabalina. “Revolucioné el atletismo”, comenta habitualmente con orgullo. Tiene argumentos para hacerlo. De la Cuadra Salcedo, sin ser un profesional, batió todos los récords en el lanzamiento de jabalina (alcanzó una distancia de 112,30 metros) realizando varios giros sobre sí mismo después de una carrera inicial, imitando así a los lanzadores de disco. Tiempo más tarde, su registro fue invalidado aduciendo falta de seguridad para los espectadores. De todas formas, “todas estas experiencias me aportaron fuerza de voluntad y el sacrificio para afrontar la aventura”. Estaba ya preparada para vestirse de aventurero.

Del Amazonas a Televisión Española

Las puertas de América del Sur se abrieron “el mismo año en el que participé en los Juegos Olímpicos de Roma -contaba con 21 años-. Una beca me facilitó mi llegada al continente americano”. En uno de sus múltiples viajes como deportista conoció el continente americano y decidió emprender un nuevo capítulo de su vida. Había surgido una especie de flechazo con Iberoamérica, y que aún perdura en el tiempo. Aprovechando sus dotes como lanzador de jabalina cautivó a las tribus indígenas, llegando incluso a erigirse como su líder. Muchas historias, aunque quizá todas ellas tengan un nexo de unión con el Amazonas, su zona favorita. La ha visitado “más de cuarenta veces” y gracias a estas aventuras emprendió su etapa como corresponsal de Televisión Española.

Pero, ¿cómo se contrata a un hombre sin experiencia en el mundo televisivo? “Muy sencillo”, según relata pausadamente, aunque muy complicado para el resto de los mortales. “Me adentré en solitario y provisto de una cámara en el Amazonas. Allí conviví con los indios, comí mono, serpiente, gusanos, grillos, bebí maíz masticado y fermentado, contraje la malaria y el tifus, combatí con una boa de seis metros, me picaron murciélagos, mosquitos y una especie de mosca amazónica que deposita sus larvas debajo de la piel… Me presente en Televisión Española con ese material y decidieron contratarme”. Así de simple.

Tampoco fue asequible, aunque él niegue esta evidencia, su periplo como corresponsal de Televisión España. Primero, como enviado en Iberoamérica; segundo, como reportero de guerra: Vietnam, Eritrea, Congo, Mozambique, Sahara, Siberia o Nigeria (en estos dos últimos sitios fue acusado de espía), entre otros inhóspitos territorios.

Durante este período, no sólo sobrevivió a situaciones de verdadera angustia, sino que consiguió algunos documentos de enorme interés periodística, como las imágenes de los últimos momentos de Salvador Allende y entrevistas con personajes tan señalados como el Dalai Lama, Pablo Neruda, Yaser Arafat o el hermano de Ernesto ‘Ché’ Guevara. “En cada viaje cumplí siempre un objetivo de investigación, a la búsqueda de algo que todavía nadie había conseguido”, reconoce, como ya hiciera también en sus primeras incursiones en Iberoamérica, donde buscó y encontró ‘la hierba de la sabiduría’, una hierba alucinógena, o cómo se curaba ese veneno mortal que viajaba impregnada en las flechas de los indígenas.

Después de tantas aventuras sin descanso, cualquier momento de tranquilidad era interpretado como una señal inequívoca de angustia. El descanso es un vocablo ausente en su diccionario, aunque más desterrado está el término jubilación. “Las personas que se jubilan, se mueren de nostalgia. Es necesario estar siempre activo”, asegura contundentemente para reafirmarse inmediatamente en un intento evidente de convencer a su interlocutor: “Yo nunca voy a retirarme, eso no va conmigo”. ¿El motivo? “Aún mantengo intacta esa ilusión de ir descubriendo nuevas tierras y culturas en compañía de los jóvenes”. Nunca se cansará.

La Ruta Quetzal

Por este mismo motivo, y después de coordinar distintas series de contenido geográfico e histórico, se enroló en la Ruta Quetzal -conocida en sus comienzos como Aventura 92-, una especie de unión cultura entre América y España. “Surgió cuando me reuní con Su Majestad el Rey de España, en 1979, con el objetivo de consolidar un programa iniciático, ilustrado y científico, en el que se mezclan cultura y aventura. Gracias a él, y a lo largo de más de veinte años, más de 10.000 jóvenes europeos y americanos han tenido la oportunidad de descubrir las dimensiones humanas, geográficas e históricas de otras culturas”. Entre otros reconocimientos, esta aventura ha sido declarada como de interés mundial por la UNESCO.

Desde su creación han pasado 23 años y De la Cuadra Salcedo ha visto cómo han cambiado las generaciones de españoles. “Nuestra sociedad está hoy empachada de bienestar. Un propósito de este viaje es que los chicos necesiten menos cosas materiales para ser felices; es importante bajar su techo de necesidades”. Irremediablemente, surge una incógnita: ¿a quienes debemos imitar? Y una rápida respuesta: “siempre lo he dicho, los saharauis, los nómadas del desierto y los esquimales son los pueblos más generosos, siendo los que menos tienen”, continúa “de ellos debemos aprender muchas cosas valiosas”. 

Además de inculcarles ese espíritu de vida, la Ruta Quetzal trata de fomentarles que “viajen solo y trabajen allá donde vayan, porque esa es la forma de integrarse y conocer la sociedad a la que se llega. Viajar no es visitar y ver, es aprender. Lo rápido no deja huella, porque no ha habido tiempo para empaparse. Lo verdaderamente interesante, repito, es entrar en contacto con la gente. Esos sabores y recuerdos jamás se olvidan”. Verdadera declaración de intenciones que incita erróneamente a pensar que, De la Cuadra Salcedo, a su manera, busca sucesores. “No, en absoluto. Nosotros, cuando terminamos esta aventura ya no volvemos a tener contacto con ellos. En caso de tenerlo, esto sería una secta”, aunque si desvela que los “chicos mantiene contacto posterior entre ellos”.   

Próximamente, marchará con sus chicos a Panamá, aunque también asegura que sería feliz descubriendo nuevos territorios más cerca de casa. “Aprender y ver se puede hacer en cualquier sitio. Sólo es necesario unas alpargatas, una aspirina en la mochila y tomar siempre un billete de ida porque así estás más tiempo” y, por supuesto, “no saber dónde vas a dormir, a comer… No hay que ser turista. Hay que irse fuera sin tenerlo todo planificado de antemano. Hay que buscarse la vida”, como hacían los griegos, verdadero foco de sabiduría para un viajero incansable como Miguel de la Cuadra Salcedo.